Octavio, digna reencarnación de Carlos Marx, quizá sea el único loco en esta ciudad que se ha recibido realmente de hombre, ser trágico y misterioso que sin quererlo ha logrado construir un universo de incógnitas para quienes sólo lo han visto transitar con su locura a cuestas o para quienes se han atrevido a conversar con él a cambio de una moneda y así han podido deleitarse con sus tantas teorías inconcebibles, pero que en tiempos en donde lo único razonable parece ser la locura, los deja en un mar de desconcierto como verdaderos náufragos de la razón y el pragmatismo, y no saben si creerle lo que dice porque quizás ellos sean los que están realmente locos y él sea el único cuerdo.
Octavio, el políglota, habla francés, alemán, inglés y español. Octavio, el físico, habla de la fórmula vectorial de Vigotsky. Octavio, el Harry Haller, último lobo estepario. Octavio, el alquimista, ha vencido a la muerte cuando en un principio era un dadito. Octavio el poeta, recita su poema El Beso y habla de Kafka, Vallejo, Rimbaud, Hemingway y otros locos. Octavio, el filósofo, nadie como él para definir nuestra existencia en una “mierda” y al universo en “otra mierda más grande”. Octavio, el comunista, dice que hay que destruir al imperialismo. Octavio, el alienígena, dice pertenecer a otro mundo en donde todo es energía de la mente, como si creyera en la existencia del topus uranus platónico. Octavio, el profesional, no sabemos cuándo en realidad se graduó de humano-humano, ya que tiene como colegas al Loco toca flauta, que suele sentarse por el Civa; y al Loco Héctor, quien suele burlarse de nosotros al deambular alrededor del Hospital Regional, llegar a la puerta de la Universidad Nacional y darse media vuelta, moviendo sus brazos como si fueran alas de pájaro y así nos dice que él sí puede ser libre.
Una de estas noches cuando Piura deja de ser Piura para transformarse en un monstruo vestido de ciudad lo he visto caminar por sus calles que simulan ser venas obstruidas por bolsas blancas de basura, iba en dirección al Cine Municipal y decidí acercarme una vez más para robarle sus cinco o siete minutos de cordura. Al saludarlo me reconoció como si fuera un amigo de infancia. Iba resoplando efusivo, sobre todo nómada, con sus vestiduras sucias, las barbas blancas crecidas y una colcha sobre el hombro. Caminamos al mismo ritmo y conversamos, me doy cuenta que sus ojos tienen un brillo impresionante y que una pareja de enamorados nos mira, igual hacen las demás personas que pasan a nuestro costado, sobre todo a mi, que voy caminando de lo más normal con Octavio y sonríen como diciéndose que el loco soy yo y no Octavio. Parece ser verdad, yo me siento el loco en ese momento.
A la medida que avanzamos miro sus pies desnudos de uñas largas como las de un animal salvaje,- “un lobo en la estepa”, pienso- pisando el pavimento de las calles. ¿Cómo será sentirse así de libre?, ¿cómo será estar en ese estado tan natural, en estos tiempos, sin una zapatilla de marca sacada en cuatro cuotas con un tarjeta CMR en Saga Falabella? ¿Cuál es su nombre?, ya que nadie podría asegurar de que su nombre en realidad es Octavio, ¿cuál es su apellido?¿dónde ha nacido?¿ si ha sido profesor universitario?¿si es alemán?¿cuántos años tiene? ¿Si tiene DNI y por quien ha votado en las últimas elecciones? ¿Si tiene currículo? ¿Si tiene familia? Cosas que la gente normal suele decir y ostentar, pero prefiero callar y sólo sentir que es mi amigo. Él habla de la vida, del triunfo que han tenido ante la muerte, de cómo la hicieron explotar en mil pedazos con rayos ultrasónicos cuando aun era un dadito y le sacaron “la gramputa”, de que si tan sólo llegáramos a encontrar los cuatros vectores de la fórmula de Vigotsky, como “ellos” lo hicieron, otro sería nuestro destino.
Siempre habla en plural, como si no estuviera solo y perteneciera quizá a una secta de locos o a un grupo de científicos malévolos o de almas superiores o de espías Nazis que gobiernan el mundo esclavizándonos detrás de la tecnología. Entonces recuerdo Sobre Héroes y Tumbas de Ernesto Sábato, en donde los “inocentes e inofensivos cieguitos” a quienes por pena damos una moneda pero que en realidad viven en un sub-mundo debajo de la ciudad, en las cloacas, desde donde lo controlan todo y son seres perversos que nos odian a muerte. Esos “inocentes cieguitos” han creado un sistema que nos gobierna, hacen y deshacen de nosotros, hasta controlan los colegios con el tipo de enseñanza que nos brindan y nos meten en la cabeza ideas como “hay que dar una limosna a los invidentes”. Tienen un sistema de inteligencia perfecto que al primer intento de rebelión no dudan en eliminar al osado que los descubre, para que luego- como también controlan los periódicos- salgan como víctimas de un accidente de tránsito o un presunto y simple suicidio. Imagino la cantidad de locos que viven en los buzones de la ciudad, que debe ser como otra gran ciudad y de cuán inocentes somos al subestimar y tener tanta compasión a los “pobres loquitos”.
Pienso en estas cosas mientras Octavio despotrica del sistema, habla de que estamos condenados a estar solos y que terminaremos en la mierda, pues “la destrucción, todo, todo, los edificios, los carros, la ropa que llevas puesto, este metal que me has dado, tus huesos, tu piel, van a la muerte, a la destrucción que no es otra cosas mas que la mierda, la mismísima mierda. El universo es una mierda, la muerte es un mierda,¿me entiendes?”, me pregunta, yo le digo que sí, que estamos jodidos para siempre. Él me mira y siente que hay alguien que lo entiende, yo siento lo mismo.
Caminamos cuatro cuadras, han pasado casi diez minutos, llegamos cerca al puente colgante, imagino que me llevará a su guarida de lobo o de hombre primitivo, o que tal vez bajaremos al río debajo del puente colgante y entraremos por el buzón donde llegan los desperdicios del Hospital Regional que contaminan sus aguas y recorreremos ese sub-mundo del cual forma parte. Pero para mi sorpresa y desilusión él se queda parado y me pide hacer un pacto de sangre, yo le digo, está bien, él me mira y dice, es hora de irse cada uno a su planeta. Cierra los ojos cuando pone sus dedos a la altura de su sien para después haciendo dos puños agitar ambas manos con fuerza a los lados del tronco e imagina que se traslada a otro lugar mentalmente. Cuando termina ese ritual, me quedo con la nostalgia de no poder seguir hablando con él, nos damos la mano y doy media vuelta, esperando volver a verlo pronto, pero ojalá esta vez sea en un bar, y así podamos loquear la ciudad otra noche más mientras recorramos juntos sus venas de monstruo.
miércoles 19 de noviembre de 2008
Sobre ESTIGMAS DEL SILENCIO, Libro de Henry Córdova Bran
La poética de la rebeldía y el amor del hombre hacia la humanidad.
La sociedad es como un condenado que tiene el cuerpo marcado por horribles cicatrices en su piel, un condenado que se encuentra parado frente a un espejo y enfrentado a su realidad. Para terminar con esa condena tiene dos caminos al ver reflejado tanto horror: cerrar los ojos, quedarse parado y decir que es una alucinación o destrozar el espejo y caminar hacia la humanidad verdaderamente humana.
Al leer el libro “Estigmas del silencio” puedo decir que Henry Córdova, miembro del grupo literario “Plazuela Merino”, como parte de esa humanidad, sin lugar a dudas y con admiración, decidió el segundo camino y lo anda de un lado con Javier Heraud y del otro con Vallejo quienes van junto a él diciéndole “camina, camina, avanza tus izquierdas”, y en su caminar halló miles de hazañas, pero la más grande de todas, la gran tragedia y el adorado gozo, es el de amar la humanidad. Amó con el amor del hombre nuevo a los niños, amó a la amada toda Vallejo-pensativa-, amó al obrero explotado en las minas, amó al amigo bohemio, a la madre adorada, al señor de al lado, al burro orate, al perro militar, amó a sus hermanos caídos en Irak y a sus putas con angelical mano obrera. Y amó con una demencial rebeldía, con esa rebeldía que sólo un poeta incapaz de cegarse ante su realidad puede hacerlo.
Y es que el silencio de la humanidad ante tanta barbarie, el silencio de los pobres de Irak ante una guerra injusta, de los obreros explotados, de los niños sin futuro son una marca en el alma, son estigmas que el poeta lleva en el cuerpo, estigmas que jamás serán vistos por miradas comunes. Marcas como las de Cristo y las del Che Guevara, que son la misma persona, son imposibles quitárselas del alma. Henry Córdova entiende que esas son las heridas cicatrizadas con las que anda la humanidad. Pero así como ciertos animales suelen tener estigmas para poder respirar, así como las flores también suelen tener estigmas para poder fecundar, su poesía verso a verso, poema a poema manifiesta la esperanza de que esta sociedad cambiará, y el poeta cree de que hay que hacer algo para lograrlo. Y que mejor acto revolucionario y rebelde que el de las palabras, legión angelical de bellas palabras capaces de destruir el universo y construir aun muchos otros más.
La poesía de Henry Córdova, antes que meramente estética y formal, o experimental, es sumamente humana, para luego ser sustentada por un manejo de la estructura formal y estética del poema con buen dominio, a diferencia de muchos poetas que tan sólo se quedan en la palabra formal y el libro, olvidándose cuál es su fin como ser humano y como parte de esta sociedad, olvidándose de la vida vivida propia y de quienes giran alrededor suyo. La poesía de Henry Córdova es vital y profundamente filosófica.
La poesía siempre ha de servir como una herramienta para cambiar el mundo y destrozar el sistema, para revolucionarlo llegando hasta el fondo del alma como lo hace el poeta de “Estigmas del silencio”, en tiempos modernos donde la gente sólo se interesa en competir, en hacer dinero o “asegurar su futuro”. En tiempos donde nadie ama. Todos tienen miedo a amar, todos tienen miedo a hacer el amor, a procrearse, a extenderse, a discurrir si es que por medio no hay seguridad y dinero. Tiempos modernos, tiempos de tecnología de punta, tiempos esquizofrénicos: ¡Basura! ¡Pura basura!¡Bien amada seas poesía!
Los versos de Henry Córdova son versos sociales, versos profundamente lacerados por el dolor y la pobreza, versos que se sublevan ante esta sociedad hipócrita y moralista. Versos que llegan a embriagarnos de nostalgia y amor, pero que jamás caen en el maloliente panfleto socialudo de la poesía comprometida.
Me atrevo a decir que la paciencia y la mesura por los que han pasado cada uno de los poemas de Henry Córdova, para ir corrigiéndolos, eliminándolos y recomponiéndolos, serán el preludio de buenos augurios literarios que sólo el tiempo sabrá juzgar, pero que según mi criterio –aun corriendo el riesgo del subjetivismo amigo-hermano(sobre todo camarada)- viene a ocupar un lugar representativo entre los poetas de la buena poesía piurana.
La sociedad es como un condenado que tiene el cuerpo marcado por horribles cicatrices en su piel, un condenado que se encuentra parado frente a un espejo y enfrentado a su realidad. Para terminar con esa condena tiene dos caminos al ver reflejado tanto horror: cerrar los ojos, quedarse parado y decir que es una alucinación o destrozar el espejo y caminar hacia la humanidad verdaderamente humana.
Al leer el libro “Estigmas del silencio” puedo decir que Henry Córdova, miembro del grupo literario “Plazuela Merino”, como parte de esa humanidad, sin lugar a dudas y con admiración, decidió el segundo camino y lo anda de un lado con Javier Heraud y del otro con Vallejo quienes van junto a él diciéndole “camina, camina, avanza tus izquierdas”, y en su caminar halló miles de hazañas, pero la más grande de todas, la gran tragedia y el adorado gozo, es el de amar la humanidad. Amó con el amor del hombre nuevo a los niños, amó a la amada toda Vallejo-pensativa-, amó al obrero explotado en las minas, amó al amigo bohemio, a la madre adorada, al señor de al lado, al burro orate, al perro militar, amó a sus hermanos caídos en Irak y a sus putas con angelical mano obrera. Y amó con una demencial rebeldía, con esa rebeldía que sólo un poeta incapaz de cegarse ante su realidad puede hacerlo.
Y es que el silencio de la humanidad ante tanta barbarie, el silencio de los pobres de Irak ante una guerra injusta, de los obreros explotados, de los niños sin futuro son una marca en el alma, son estigmas que el poeta lleva en el cuerpo, estigmas que jamás serán vistos por miradas comunes. Marcas como las de Cristo y las del Che Guevara, que son la misma persona, son imposibles quitárselas del alma. Henry Córdova entiende que esas son las heridas cicatrizadas con las que anda la humanidad. Pero así como ciertos animales suelen tener estigmas para poder respirar, así como las flores también suelen tener estigmas para poder fecundar, su poesía verso a verso, poema a poema manifiesta la esperanza de que esta sociedad cambiará, y el poeta cree de que hay que hacer algo para lograrlo. Y que mejor acto revolucionario y rebelde que el de las palabras, legión angelical de bellas palabras capaces de destruir el universo y construir aun muchos otros más.
La poesía de Henry Córdova, antes que meramente estética y formal, o experimental, es sumamente humana, para luego ser sustentada por un manejo de la estructura formal y estética del poema con buen dominio, a diferencia de muchos poetas que tan sólo se quedan en la palabra formal y el libro, olvidándose cuál es su fin como ser humano y como parte de esta sociedad, olvidándose de la vida vivida propia y de quienes giran alrededor suyo. La poesía de Henry Córdova es vital y profundamente filosófica.
La poesía siempre ha de servir como una herramienta para cambiar el mundo y destrozar el sistema, para revolucionarlo llegando hasta el fondo del alma como lo hace el poeta de “Estigmas del silencio”, en tiempos modernos donde la gente sólo se interesa en competir, en hacer dinero o “asegurar su futuro”. En tiempos donde nadie ama. Todos tienen miedo a amar, todos tienen miedo a hacer el amor, a procrearse, a extenderse, a discurrir si es que por medio no hay seguridad y dinero. Tiempos modernos, tiempos de tecnología de punta, tiempos esquizofrénicos: ¡Basura! ¡Pura basura!¡Bien amada seas poesía!
Los versos de Henry Córdova son versos sociales, versos profundamente lacerados por el dolor y la pobreza, versos que se sublevan ante esta sociedad hipócrita y moralista. Versos que llegan a embriagarnos de nostalgia y amor, pero que jamás caen en el maloliente panfleto socialudo de la poesía comprometida.
Me atrevo a decir que la paciencia y la mesura por los que han pasado cada uno de los poemas de Henry Córdova, para ir corrigiéndolos, eliminándolos y recomponiéndolos, serán el preludio de buenos augurios literarios que sólo el tiempo sabrá juzgar, pero que según mi criterio –aun corriendo el riesgo del subjetivismo amigo-hermano(sobre todo camarada)- viene a ocupar un lugar representativo entre los poetas de la buena poesía piurana.
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